domingo, 29 de abril de 2012

Todos inventamos un lugar.


No me quiero dar cuenta. Y ciega me voy abandonando. Con la cabeza podrida por tus imágenes, con tu sabor aún reciente cada mañana. Y así, eufórica y enloquecida, vago por los días convertida en una pringada sin voluntad. Cada vez que te mueves. Cada vez que te miro. Cada vez que te pienso. Cada vez que te siento. Incapaz de sobrevivir en otros pensamientos, incapaz de salir de ti.
Enferma caricatura de una persona. Presa de una furia esquizofrénica. De una incontrolable obsesión que se va apoderando de todo mi ser. Solo quiero estar en ti. Solo quiero estar contigo otra vez. Solo eso me importa ya. Ansiando martirizarme contemplando tu cadavérica belleza. En la mesa con las ratas. Como una vulgar adicta.
Y paso los días pensando en tus noches. Deseando verte brillar de nuevo. Iluminando la sombra en la que la vida se me convierte. Devolviendo el aire a mi pecho. El mismo aire que sin ti me falta, ahogada como me encuentro. Pero los días son cada vez más largos. Y me parece que el tiempo se detiene y que el desierto nunca acaba. Y mi sed se ahoga. Y siento que ya nunca volverás. Y mi interior es un eterno verano sofocante y seco. Contando un tiempo eterno que nunca avanza. Aterrada. Desesperada. Esperándote. Y nunca vuelves. Después de todo, de tanto que me das, de todo lo que eres, me abandonas en mi soledad. Sucia lluvia que limpia y se va. Que no vuelve a aparecer. Hasta mucho tiempo después, cuando ya se empezaba a olvidar, cuando no se esperaba ya. Engañosa y traicionera.
Te odio porque haces que me consuma, porque me degrada vivir siempre en ti aunque ya no estemos juntos. Porque me incapacita perderme en tu seguridad, por creer en una felicidad que no me das. Aislándome de mi misma cada vez más.
Muchas veces me he preguntado por qué me hago esto. Porque necesito torturarme perpetuamente. Por qué este masoquismo tan doloroso. Me he convertido en un desecho. Y torturada me pierdo en tus recuerdos. Recuerdos de cada una de tus esquinas, de las nuestras. De tus pliegues y tus sombras. De tus pequeños lugares. Recuerdos cada vez más entumecidos, cada vez más equivocados. Productos de una desesperada necesidad. De una mente perdida que ya sin voluntad va a la deriva. Anhelando una vez más tus cloacas, perdiendo hasta la más sencilla de las dignidades.
Y desesperada, busco en mi interior algo de pureza. Algo de aquellas manos que sonreían. Deseando creer que esta enfermedad no fue siempre así. Que alguna vez hubo felicidad. Pero de aquello tan solo recuerdo los nombres. Nombres y adjetivos incapaces ya de hacerme sentir. Hastiada de la basura que hay en mi interior. Tan solo el lenguaje me queda.
Resígnate. Necesito dormir sin soñar. Tan sólo descansar. Conseguir llegar al amanecer. Tan sólo dejar de desear…
En realidad él no miente. Nunca me prometiste nada. Soy yo la que siempre ha querido darte todo. Hasta vaciarme. Y luego te reclamo y tú ni me oyes. En realidad él no espera respuesta. Ahora sé que no te interesan las respuestas. Solo coleccionas llamadas. Fui yo quien te creó. Fui yo quien te soñó. Y aunque sé que me engaño, en ti me ahogo, y en ti me pierdo. Y la crudeza de la verdad siempre es más amarga. Porque ya solo existes en mi imaginación. Estuviste siempre en mí, desde el primer momento. Desde ese primer momento en el que empezamos a crear nuestras vidas. Desde que no soportábamos saber que teníamos miedo. Miedo a enfrentarnos a lo que en realidad somos. Eres tan solo la escusa que trata de esconder mi propia inseguridad, mi propia vacuidad, mi propia fragilidad. Ahora puedo pensar con más claridad y a veces te comprendo. Ahora no me sorprende que seas tan impasible. Ahora te conozco mejor y sé que irremediablemente ha de ser así. Porque siempre tendrás a otras.  Cada noche, cada minuto de la noche, habrá nuevas débiles buscándote. Débiles como yo. Débiles y dispuestas a adorarte como yo te adoré. A engañarse como yo me engaño. A equivocarse como yo me equivoqué. Ansiando perderse en tus encantos. Hipnotizadas. Jadeando como bestias hambrientas. Sedientas de ti. Hasta descubrir tu frialdad, tu impersonal crueldad. Aunque tarde. Por supuesto, siempre tarde.
Cada uno tiene su lugar, aunque no sea bello, aunque no sea el más atractivo. Incluso aunque sea el más vulgar, pero cada uno el suyo. Todos inventamos ese lugar, aunque no exista, aunque sea una ilusión. Nuestro, sólo nuestro. Y yo te tengo a ti. Y vivo en ti. Refugiada de los demás. Pero sólo eres una gran montaña de cenizas. Tan irreal y tan frágil que cualquier día desaparecerás suspendido en el aire. Llevándome contigo mis esperanzas. Liberándome, pero dejándome sin vida. Espero mañana poder verte como realmente eres. Real y normal. Tan común como los demás. Sin nada especial. Sin flores y con charcos. Tan feo y tan insulso como cualquier otro.
Siempre frío.