No me quiero dar
cuenta. Y ciega me voy abandonando. Con la cabeza podrida por tus imágenes, con
tu sabor aún reciente cada mañana. Y así, eufórica y enloquecida, vago por los
días convertida en una pringada sin voluntad. Cada vez que te mueves. Cada vez
que te miro. Cada vez que te pienso. Cada vez que te siento. Incapaz de
sobrevivir en otros pensamientos, incapaz de salir de ti.
Enferma caricatura de una
persona. Presa de una furia esquizofrénica. De una incontrolable obsesión que
se va apoderando de todo mi ser. Solo quiero estar en ti. Solo quiero estar
contigo otra vez. Solo eso me importa ya. Ansiando martirizarme contemplando tu
cadavérica belleza. En la mesa con las ratas. Como una vulgar adicta.
Y paso los días pensando
en tus noches. Deseando verte brillar de nuevo. Iluminando la sombra en la que
la vida se me convierte. Devolviendo el aire a mi pecho. El mismo aire que sin
ti me falta, ahogada como me encuentro. Pero los días son cada vez más largos. Y
me parece que el tiempo se detiene y que el desierto nunca acaba. Y mi sed se
ahoga. Y siento que ya nunca volverás. Y mi interior es un eterno verano
sofocante y seco. Contando un tiempo eterno que nunca avanza. Aterrada.
Desesperada. Esperándote. Y nunca vuelves. Después de todo, de tanto que me
das, de todo lo que eres, me abandonas en mi soledad. Sucia lluvia que limpia y
se va. Que no vuelve a aparecer. Hasta mucho tiempo después, cuando ya se
empezaba a olvidar, cuando no se esperaba ya. Engañosa y traicionera.
Te odio porque haces que
me consuma, porque me degrada vivir siempre en ti aunque ya no estemos juntos.
Porque me incapacita perderme en tu seguridad, por creer en una felicidad que
no me das. Aislándome de mi misma cada vez más.
Muchas veces me he preguntado
por qué me hago esto. Porque necesito torturarme perpetuamente. Por qué este
masoquismo tan doloroso. Me he convertido en un desecho. Y torturada me pierdo
en tus recuerdos. Recuerdos de cada una de tus esquinas, de las nuestras. De
tus pliegues y tus sombras. De tus pequeños lugares. Recuerdos cada vez más
entumecidos, cada vez más equivocados. Productos de una desesperada necesidad.
De una mente perdida que ya sin voluntad va a la deriva. Anhelando una vez más
tus cloacas, perdiendo hasta la más sencilla de las dignidades.
Y desesperada, busco en
mi interior algo de pureza. Algo de aquellas manos que sonreían. Deseando creer
que esta enfermedad no fue siempre así. Que alguna vez hubo felicidad. Pero de
aquello tan solo recuerdo los nombres. Nombres y adjetivos incapaces ya
de hacerme sentir. Hastiada de la basura que hay en mi interior. Tan solo el
lenguaje me queda.
Resígnate. Necesito
dormir sin soñar. Tan sólo descansar. Conseguir llegar al amanecer. Tan sólo
dejar de desear…
En realidad él no miente.
Nunca me prometiste nada. Soy yo la que siempre ha querido darte todo. Hasta
vaciarme. Y luego te reclamo y tú ni me oyes. En realidad él no espera
respuesta. Ahora sé que no te interesan las respuestas. Solo coleccionas
llamadas. Fui yo quien te creó. Fui yo quien te soñó. Y aunque sé que me
engaño, en ti me ahogo, y en ti me pierdo. Y la crudeza de la verdad siempre es
más amarga. Porque ya solo existes en mi imaginación. Estuviste siempre en mí,
desde el primer momento. Desde ese primer momento en el que empezamos a crear
nuestras vidas. Desde que no soportábamos saber que teníamos miedo. Miedo a
enfrentarnos a lo que en realidad somos. Eres tan solo la escusa que trata de
esconder mi propia inseguridad, mi propia vacuidad, mi propia fragilidad. Ahora
puedo pensar con más claridad y a veces te comprendo. Ahora no me sorprende que
seas tan impasible. Ahora te conozco mejor y sé que irremediablemente ha de ser
así. Porque siempre tendrás a otras. Cada
noche, cada minuto de la noche, habrá nuevas débiles buscándote. Débiles como
yo. Débiles y dispuestas a adorarte como yo te adoré. A engañarse como yo me
engaño. A equivocarse como yo me equivoqué. Ansiando perderse en tus encantos.
Hipnotizadas. Jadeando como bestias hambrientas. Sedientas de ti. Hasta
descubrir tu frialdad, tu impersonal crueldad. Aunque tarde. Por supuesto,
siempre tarde.
Cada uno tiene su lugar,
aunque no sea bello, aunque no sea el más atractivo. Incluso aunque sea el más
vulgar, pero cada uno el suyo. Todos inventamos ese lugar, aunque no exista,
aunque sea una ilusión. Nuestro, sólo nuestro. Y yo te tengo a ti. Y vivo en
ti. Refugiada de los demás. Pero sólo eres una gran montaña de cenizas. Tan
irreal y tan frágil que cualquier día desaparecerás suspendido en el aire. Llevándome
contigo mis esperanzas. Liberándome, pero dejándome sin vida. Espero mañana
poder verte como realmente eres. Real y normal. Tan común como los
demás. Sin nada especial. Sin flores y con charcos. Tan feo y tan insulso como
cualquier otro.
Siempre frío.
No hay comentarios:
Publicar un comentario